Imagen creada con la colaboración de la IA
Durante décadas, el calzado
español ha sido sinónimo de calidad, diseño e innovación. Desde las grandes
fábricas hasta los pequeños talleres familiares, miles de profesionales han
convertido a España en una referencia internacional, Elda, Elche, Petrer, Villena,
Almansa, Arnedo, Fuensalida, Valverde o Inca, entre otras, son zonas zapateras
donde la fabricación de calzado forma parte de su identidad económica, social y
cultural.
Es cierto que el sector atraviesa
uno de los momentos más complejos de su historia. La competencia de países con
costes laborales muy inferiores, la globalización, el incremento del precio de
la energía y de las materias primas, la dificultad para encontrar mano de obra
especializada y la reducción en determinadas líneas de consumo, han podido ser
alguna de las causas del cierre de numerosas empresas. Cada fábrica que
desaparece supone la pérdida de empleo, de conocimiento y, especialmente de una
parte del patrimonio industrial de nuestro país.
Sin embargo, afirmar que el
calzado español está acabado sería un grave error. El calzado español sigue
vivo.
Sigue vivo porque aún existen
miles de empresas que cada día diseñan, fabrican y exportan millones de pares
de zapatos a los mercados más exigentes del mundo.
Sigue vivo porque detrás de cada
colección hay diseñadores, modelistas, patronistas, cortadores, aparadoras,
zapateros de máquina, técnicos e ingenieros que continúan aportando un valor
que ningún proceso de fabricación masiva puede sustituir.
Sigue vivo porque la industria
española del calzado ha demostrado históricamente una enorme capacidad de
adaptación. Ha superado crisis económicas, transformaciones tecnológicas y
cambios en los mercados internacionales, reinventándose una y otra vez mediante
la innovación, la automatización, la digitalización y la mejora constante de la
calidad.
El consumidor también comienza a
valorar aspectos que juegan a favor de nuestro sector, por ejemplo: la
fabricación responsable y de calidad, el respeto al medio ambiente, la
originalidad e innovación de los calzados fabricados, la potente, dinámica y bien
estructurada industria auxiliar, y la garantía de unas condiciones laborales
dignas. Frente al modelo basado únicamente en el precio, el calzado español
ofrece valor añadido, durabilidad, diseño, responsabilidad y confianza.
Pero la supervivencia del sector
no puede depender únicamente del esfuerzo de las empresas. Es imprescindible
una decidida política industrial que considere al calzado como el sector
estratégico que es. Resulta urgente desarrollar medidas que favorezcan la
inversión tecnológica, impulsen la formación profesional especializada,
faciliten el relevo generacional, apoyen la internacionalización como una de
las mayores prioridades, reduzcan los costes energéticos y combatan la competencia
desleal derivada de importaciones que no cumplen los mismos estándares
sociales, laborales y medioambientales y erradiquen la clandestinidad en la
propia fabricación.
Asimismo, es necesario fortalecer
la colaboración entre administraciones, asociaciones empresariales, centros
tecnológicos, universidades y empresas. Solo mediante una estrategia conjunta
será posible mantener el liderazgo internacional que durante décadas ha
distinguido al calzado español.
Las zonas zapateras no piden
privilegios extraordinarios; lo que necesitan son oportunidades para seguir
haciendo aquello que saben hacer mejor que nadie: fabricar un producto de
excelencia reconocido en todo el mundo.
El calzado español no es
únicamente una actividad económica. Es cultura industrial, innovación,
tradición, empleo y cohesión territorial. Detrás de cada par de zapatos
fabricado en España existe una historia de esfuerzo, conocimiento y compromiso
que merece ser protegida.
Todavía estamos a tiempo. Si
actuamos con decisión, el sector puede recuperar buena parte del terreno
perdido y convertirse nuevamente en uno de los motores industriales de nuestro
país. Cabe recordar, en este momento, el esfuerzo de otras épocas en las que, entre
1960 y 1980, el calzado se convirtió en el principal producto español de
exportación dentro de las manufacturas de consumo, llegando a superar en valor
exportado a sectores agrícolas tradicionales como los cítricos.
Porque mientras existan
empresarios que inviertan, trabajadores que transmitan su oficio con la maestría
y las aptitudes casi artísticas que exige la fabricación del zapato, técnicos
que innoven y consumidores que apuesten por la calidad, el futuro seguirá
escribiéndose desde nuestras fábricas.
No debemos olvidar que el calzado
español sigue vivo. Y, por las nuevas generaciones, merece la pena seguir esa
senda de futuro.
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